CCRONICA/PERFIL: Luis Brighenti “Tomatito”, artista sin red
Ahora
el mágico carromato se inclina levemente
sobre un costado, se arrastra, rebuzna, resopla, carraspea, y se detiene
con la quietud de un fósil.
Luis
Brighenti tiene 33 años y un cuerpo atlético, baja del Falcon y ve sin sorpresa
que pinchó una rueda. Adentro esperan Roxana, su compañera desde hace cuatro
años, y sus dos nenas Liz y Jose. Mientras cambia la rueda, tal vez piensa, que
está cansado de tanto rodar, que quizá la decisión que tomó junto a su padre
“Papelito” y toda la familia de vender el circo, no fue tan errada. Sabe que
pinchar una rueda o dos, quebrar el chasis o atravesar una tormenta de viento y
agua terrible, nada tiene que ver con
señales del destino para que se vuelvan. Han sido moneda corriente cada vez
que el circo se movía de un pueblo a
otro.
Vuelve
al coche, tal vez sonríe, cruza la mirada con Roxana, tal vez hace un chiste y
piensa -otra vez- que Tapalqué puede ser una buena opción para empezar de cero.
Da arranque, baja el vidrio, enciende un cigarrillo y apoya el codo en la
ventanilla, cuando mire para atrás será solo para ver a las nenas que duermen o
juegan en el asiento trasero.
***
Luis
Brighenti vive en Tapalqué pero nació en el “Circo Papelito” -ocasionalmente en
la ciudad de Azul- . Es payaso, animador infantil, conduce eventos, da clases
de circo en escuelas y espacios Municipales, tiene un carro de pochoclos,
alquila peloteros, metegoles y hasta autitos eléctricos. Es el cuarto de cinco
hijos del matrimonio de Carlos Alberto Brighenti con Marta González y fue
bautizado por segunda vez a los cinco años como “Tomatito”.
En
1975 sus padres cocieron bolsas de arpillera
y cortaron palos de acacia de un baldío para armar algo parecido a una
carpa que luego llenaron de ganas y llamaron “Circo Papelito”. Desde entonces y
hasta el año 2010 recorrieron los pueblos de la provincia de Buenos Aires,
parte de Santa Fe y La Pampa. No hay
pueblo que no conozca esta familia y la anécdota de que a la función debía
asistirse con una silla.
Fue
un circo popular, humilde como lo define su creador y con la fuerte convicción
de que al espectáculo no debían darlo los animales. Nunca abandonó la tradición
del circo criollo. El “circo criollo” es el
circo en dos actos, una primera parte
con números típicamente circenses y una segunda con una obra de teatro.
Esta es la principal diferencia con los circos del resto del mundo. Es en el
que Los hermanos Podestá allá por fines del s. XIX fueron pioneros e incluyeron
obras como Juan Moreira, Martin Fierro o el Hormiga negra. Todos estos títulos
fueron representados por más de cuarenta años en el Circo Papelito en versión
de comedia picaresca. Vivió su etapa dorada en los años 80 y parte de los 90
con llenos totales y, en los pueblitos de provincia donde suele pasar poco o
nada, el tiempo -cíclico- podía medirse en “Años Papelito”.
Eran
una manada nutrida a pasión y amor. Se sentían seguros juntos, se necesitaban,
eran un solo organismo compacto que parecía poder hacer frente a todo.
Entrado
el nuevo siglo todo cambió. Los vehículos cada vez más viejos y fuera de la ley
obligaban a moverse por caminos rurales, como bandidos; viajes de cincuenta
kilómetros se volvían odiseas de siete u ocho horas y; eso que antes alcanzaba
para sobrevivir e ir tirando dejó de alcanzar.
Se
sabían ya, en vías de extinción cuando hicieron la última parada en Norberto de
la Riestra, el pueblo que vio nacer a Carlos Brighenti “Papelito”. Hicieron sus
funciones normalmente, no hubo un brillo particular, no hubo anuncios
grandilocuentes, no hubo homenajes, ni placas, ni discursos.
Pasó
una semana y nada más. Pasó una semana y hubo una decisión tomada. Pasó una
semana y fue la última.
Padre,
hijos, hijas y hermanos; nueras y yernos; cuñados, sobrinos y nietos; abuelo,
primos y amigos, se dividirán, se esparcirán, se multiplicarán para replicarse
ya no en uno, sino en dos, tres, cuatro... muchos “Papelito”. El exoesqueleto
de lona enorme que los protegía ya no lo hace más, quedarán a la intemperie y
cada uno hará con su experiencia lo mejor que pueda.
***
Es
sábado por la tarde, hace unos minutos dejó de llover en Tapalqué pero el cielo
de plomo ya se está arrepintiendo de esa tregua. Esquivo un charco en la vereda
y me acerco a la puerta de la casa, ladra un perro, tal vez dos. No alcanzo a
llamar y sale Luis, saluda afectuosamente.
—Escuché
el timbre por eso abrí —dice y se ríe señalando con el mentón en dirección a la
jauría que sigue oculta.
Antes
de entrar a la casa hay que cruzar unos metros a cielo abierto por una veredita
donde hay estacionado un carro de pochoclos y algodón de azúcar. Estuvo allí
toda la noche y la lluvia rauda se le metió adentro y ahora flotan lánguidos
los pochoclos de ayer, algunos sueltos, otros forman pequeñas islas o extrañas
protuberancias nacaradas.
—Pasá,
estoy solo, Roxana y las nenas viajaron a una competencia de danza artística.
La
casa es sencilla y alquilada, la puerta nos deja directamente en el living
comedor de una familia de trabajadores. Las paredes blancas revestidas en parte
con madera machimbre barnizada contrastan con las aberturas antiguas pintadas
de un negro que se traga toda luz como un pozo. Tres sillones de madera con
almohadones de cuerina naranja apuntan a un
televisor -encendido en un canal de noticias- y le dan la espalda a una
mesa de madera con seis sillas donde nos sentamos y donde Luis ya tiene listo
el mate. Se sienta en la cabecera y baja el volumen del televisor para charlar.
Cuenta
que a Tapalqué llegaron sin trabajo, sin nada, con una mano atrás y otra
adelante. Dice que llegaron como llegaron y que en el camino les pasó de todo,
tanto que para hacer los 170 kilómetros, por caminos rurales, que los separaban
de nuestra ciudad tardaron doce horas. A las once de la noche, blancos de
tierra, estacionaron en la puerta de la casa de los papás de Roxana. Después de
unos días puso en condiciones la casilla y como quien se desprende de una
evidencia comprometedora arrojándola al
fondo del mar o de las llamas, la
vendió.
Al
tiempo, a las dos semanas, habló con un amigo de Henderson y se fue a buscar un
carro de pochoclos con el que empezaría los fines de semana a probar suerte.
***
—Nací
en el circo. La primera vez que vine acá tenia meses, en el año 79. Ahí atrás
de la Escuela 28 —me cuenta señalando la puerta de calle. Cada baldío que menciona, así como el circo,
ya no existen.
Afuera
vuelve a llover, adentro la voz de Luis vibra metálica, áspera, cavernosa -urdida con años de exigencia- y trae un
recuerdo trágico que también oscurece el clima.
—Después
volvimos en el 82, yo tenía cuatro años.
También atrás de la Escuela 28, ahí fue donde se mató la chica.
Él
no lo recuerda pero sabe la historia. Se oyó un disparo en plena función y
cuando fueron a la casilla se encontraron con el cuerpo de una de las chicas
del circo.
—Estaban
haciendo una obra de teatro, no me acuerdo cual... Mi viejo siempre decía, me
acuerdo, que cada vez que hacían esa obra pasaba algo. “Fortunato vizcacha el
terror de las muchachas”, era —dice y la frase sale disparada sin espacios como
una sola palabra de un extraño idioma. Luis no repara en el contraste del
título y su relato, lo naturaliza porque en el circo habitan el Drama y la
Comedia y en su rostro cuando se vuelve Tomatito pinta lágrimas y sonrisa.
***
—Nosotros
de chiquitos no nos perdíamos una función, con cuatro o cinco años nos
sentábamos en unos cajoncitos, viste que esta la pista y unos cajoncitos que te
marcan. Y estábamos sentados ahí, es más, nos iban a buscar porque nos
dormíamos ahí. Mi vieja capaz a mitad de
función iba, nos levantaba y nos llevaba a dormir -éramos cuatro o cinco que
teníamos esa edad-. Nosotros queríamos
estar ahí, porque nuestros padres estaban todos
trabajando.
Tiene
el cabello bien corto y una barba de tres días que le ensombrece el rostro. En
su piel trigueña aun reverberan los
soles de todos los pueblos. Las pestañas son enormes y enmarcan la
mirada de unos ojos vivos, pícaros, también
a veces recta e intensa.
Se
pone de pie para alcanzar el paquete de cigarrillos que está en un mueble a su
izquierda donde hay además una imagen grande de la virgen, fotos de sus hijas y
un juego de té sobre una bandeja. Enciende un cigarrillo y apoya el encendedor
sobre el paquete. Fuma apurado y por
momentos cierra los ojos por el humo y los recuerdos.
—Durante
el día era todo circo. Juguetes: hacíamos circo de bolsa, jugábamos al circo,
hacíamos carpita, hacíamos cirquito, un circo acá, un circo allá, camioncito...
viste todo circo, era todo circo cuando éramos chiquitos.
En
la primera escena de la obra de teatro “Mate cocido” se ve a una mujer con un cochecito en el que
un bebé llora. Luis y todos sus hermanos
e incluso su hija mayor fueron ese bebé. Una especie de bautismo circense o
pura practicidad. En realidad las dos cosas.
Un
día dejó de estar mirando y pasó del otro lado, a la pista, tenía cinco años.
Luis recuerda emocionado el momento y aunque no hay precisiones podemos
presumir que fue Marta, su mamá, quien
lo maquilló exagerando una sonrisa blanca, le puso un trajecito, la
nariz y le acomodó los rulos pensando que para él quería un nombre artístico
diferente. Y tal vez Marta y Carlos al ver a ese payasito nuevo, sonrieron y el
nombre apareció.
—Mi
viejo es Papelito, mi hermano mayor es Papelitito, el hijo de él es
Papelincito, eh...eh...—duda y piensa antes de seguir— sí, Papelincito, mi otro
hermano es Papelin, van todos con diminutivos y yo no, me pusieron Tomate y
quedé ahí. Yo era gordito, ruliento, así
que capaz me vieron como un tomate pintado y ahí quedó. Nunca me lo cambié.
Toda la vida con lo mismo.
A
los seis años empezó a practicar trapecio, a los diez malabares. Ninguno tenía
su tarea designada de antemano, iban probando, jugando, querían hacer todo
porque un hermano lo hacía, un tío lo hacía, papá lo hacía, mamá lo hacía. Su mamá era contorsionista y su papa era todologo.
Había
días, muy pocos, que Luis y sus hermanos no tenían ganas de practicar algún
movimiento en el trapecio y su padre, abajo, con mirada intimidante se sacaba
el cinto y la pirueta salía, siempre salía.
En
su adolescencia Luis supo aprovechar los beneficios de la notoriedad que le
daba el circo.
—Salías
a hacer trapecio y te peinabas bien, entrabas con tu trajecito todo ajustadito.
Las mujeres estaban abajo, vos ahí arriba haciéndote el galán...era otra cosa. De payaso también, después salías vestido de
payaso a las filas andabas entre la gente y ya era “hola, hola, hola”.
Incluso
una vez, solo una vez, lo invitaron a
hacer trapecio en un boliche bailable y por supuesto fue y brillo, voló y
brilló.
***
Luis
lleva ocho años en Tapalqué y es el mayor tiempo que ha pasado en un mismo
lugar en toda su vida. Antes, en la vida
nómade dos meses en un pueblo era tiempo suficiente para hacer amigos,
compañeros de escuela o novias, que esperaban al año siguiente el regreso.
—
Llegabas a los terrenos y ya empezaban a pasar los amigos. Eso estaba muy
bueno.
En
el año 2006 visitaron por última vez Tapalqué con el circo y fue la vez que se
conocieron con Roxana Gutierrez su actual compañera y mamá de sus tres hijas
-Liz, Josefina y Justina-. Empezaron a
“salir” mientras el circo estuvo en la ciudad, cuando siguió la gira y solo
quedó el pasto pálido, pisoteado y agónico en el sitio que había sido cobijo de
su amor, Roxana supo que no iba a quedarse quieta y fue a visitar a Luis a
todos los pueblos que no eran el mismo, pero sí
iguales. Así fue por un año hasta que decidieron vivir juntos y que
Roxana se sume a la manada del circo ,
incluso actuando en las obras o con los payasos.
Cuando
hubo que buscar una salida las opciones eran seguir en otro circo o venir a
Tapalqué, cambiar de vida, quedarse quietos, echar raíces, jugársela, saltar sin red.
***
Desde
una ventana con cortinas naranjas entra teñida la luz blanda de la tarde,
empapándolo todo. Luis sigue un relato más o menos cronológico de su vida, cada
tanto, cuando se acuerda, me acerca un mate dulce, tibio. Las manos son robustas, fuertes forjadas a
trapecio. Enciende otro cigarrillo,
habla y mientras apoya los codos en la mesa
hace coincidir la punta de los diez dedos sin unir las palmas, como un
gesto religioso incompleto o una pequeña jaula o carpa .
En
el circo hacían piruetas adentro y afuera de la pista para sobrevivir así que
cuando llegaron a Tapalqué no le sacaba
el cuerpo a nada. El que había sido payaso, trapecista, mago, galán,
equilibrista, ahora era peón de albañil, tractorista, electricista. El que había sido Tomatito ahora era Luis a
secas. Así fue por un año o más, hasta
que trabajando de peón de albañil con Héctor Donati, éste le pidió que hiciera un show de payaso
para el cumpleaños de su hija. Entonces Luis va hasta donde guarda el traje de
su otro yo y se cambia; ve nuevas marcas en su rostro cuando se pinta; ve todos
los pueblos que pisó y uno que pisará por siempre; ve una mirada luminosa que
lo hechizó en Tapalqué; y se ve llenando ese pueblo con su voz, desde una moto
con parlantes y desde la comodidad de un estudio de radio; ve a sus hermanos y sobrinos en nuevos
circos; se ve a las nueve de la noche con amenaza de tormenta en un camino
rural con medio cuerpo tragado por el capot de un falcón rojo; ve los ojos de
sus dos hijas y de una tercera que vendrá; se ve en un mar de gente con un
micrófono en la mano hablando sobre una factura en Tapalqué; se ve insistiendo
en la pirueta que no sale; ve gente caminando en calles oscuras acarreando
sillas; ve a su madre llevándolo en brazos dormido antes de que acabe la
función y se ve con cinco años oyendo por primera vez su otro nombre; ve las
manos de su madre acariciándolo; ve la
sonrisa de su padre y oye su voz aterciopelada
y sabe que el circo vive en él, que él es el circo y que así será
siempre.
—Ahí
se empezó a correr la bolilla, hice otro
show más, hice otro y así... Después era viernes, sábado, domingo, capaz
que tres shows por sábado, de payaso.
Más
tarde lo contrataron para un evento municipal después para otro y siguió
trabajando cada vez más y mejor.
—Los
primeros tres años y medio cuatro fueron duros, duros. Porque la única entrada
que había era el carrito y lo que yo hacía afuera, era remarla, remarla y
remarla. Pero bueno, después Roxana se recibió de maestra jardinera, trabajamos
los dos. La llegada fue brava.
A
la pregunta casi retórica por si se arrepintió en algún momento responde veloz
con la seguridad del que siempre mira hacia adelante.
—No
no, porque me sentí y me siento tan bien, acá está todo bien. No me dan ganas
de decir me vuelvo al circo. Cuando viene un circo a Tapalqué no te voy a decir
que no me vuelvo loco por ir , soy el primero, me gusta ir a ver la función.
Nos conocemos todos. Tiene que pasar una catástrofe para decir vuelvo al circo.
Es así, ya ahora ,vos fijate, tenés todo armado, sos alguien, sos algo, te
conoce todo el mundo, ya es diferente.
Ya está. Ya está —Dice y expresa a alguien que se ha afianzado a un lugar de
pertenecía.
***
Suena
su celular. Atiende.
—Sí,
sí quedate tranquilo a las cuatro , cuatro menos diez te lo llevo. Listo, nos
vemos. No, gracias a vos.
Lo
llaman por un metegol.
—Lo
que pasa es que la gente los días así de lluvia te busca. Lo raro es que no me
llamó alguien para que me vista de payaso y haga algo para los chicos. A las
doce del mediodía fui a un salón y me
dicen, busquemos la forma de meter un pelotero porque sino ¿cómo hago con los
chicos?
***
Son
las tres de la tarde en punto, pleno sol, Luis está por dar clases en una
escuela primaria, viste ropa deportiva y luce el rostro fresco, recién
afeitado. Ni bien entra y los chicos lo ven el coro es espontáneo y
sorprendente: ¡To-ma-tito, To-ma-tito! Salen al patio que es como la mayoría de
los patios de las escuelas públicas. Un mástil, un busto de sarmiento, un
árbol. Unos traen los ula-ula, otros platos para hacer malabares, otros un piso
de goma para ensayar piruetas. Todos quieren hacer y que Tomate los vea, ¡mirá
Tomate! ¡Tomatito mirá! y él los mira, los guía, los acompaña, dice: “Un, dos,
tres ¡así! bien, bien así. Muy bien, dale, dale estirá los brazos. La cabeza
más hacia atrás. Up, up muy bien dale, dale, dale más rápido ¡que no decaiga! “
Podría
ser la clase de un profe de educación física entusiasta pero como es la clase
de Tomatito pasan cosas como esta: Se acerca al mástil donde dos personas
parecen estar arreglando algo. Miran hacia arriba, conversan, señalan, piensan.
Al segundo siguiente el trapecista está subiendo el mástil con la fuerza de sus
brazos, parece caminar sobre la vertical, son cinco, diez, quince metros, llega a la punta resuelve el problema, está
en lo alto de la carpa, detiene el tiempo, es una instantánea perfecta, y el
coro de nuevo: ¡To-ma-tito, To-ma-tito! Baja deslizándose abrazado con sus
piernas, el movimiento es suave, elegante, grácil y hay aplausos y las sonrisas
no entran en los rostros.
Una
vez abajo hace la típica reverencia de saludo final. No todos lo ven.


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