CRÓNICA/PERFIL: Alberto Cejas, el diablo está en los detalles
Alberto Cejas es conocido prácticamente por todos, es el único hombre que se dedica al trabajo doméstico en nuestro pueblo y así ha sido por lo menos en los últimos 50 años. Ha sabido ganarse un lugar de respeto, nadie limpia vidrios como lo hace él, dicen. Pero nada en su vida ha sido sencillo.
Siempre,
apartando
piedras de aquí,
basura
de allá -haciendo labor-
Siempre
va esta personita feliz
trocando
lo sucio en oro.
-Silvio Rodríguez-
—Pasá, pasá, cuidado, acá tengo ropa colgada —al entrar a la casa hay que agacharse
esquivando un cordel improvisado—. La pasé por el lavarropas automático, es de
Verónica. Sentate, esperá que saco un poco de agua que se entró en la cocina—.
Ahora desde la cocina se queja de las moscas, no logro verlo y la voz en off
dice:
—Una tanda ya lavé, la otra se está lavando.
Mañana cuelgo. Me levanto temprano para trabajar
—entra en cuadro nuevamente y continúa—. Voy a la quinta de un médico,
después “hago” otra casa, hay días que no paro al mediodía, sigo de
largo con varias casas. No estoy quieto nunca.
—Cuando no trabajás, ¿qué haces?
—Me pongo a hacer cosas: riego las plantas,
suelto las gallinas - se van muriendo no las como, pero ponen huevos-. No puedo
estar quieto, es una cosa más fuerte que yo, si no me pongo a cocinar. Viste
que hay gente que está sentada, yo no puedo. Mami era como yo, no podía estar
quieta. Hoy por ejemplo que llovía, se me llovía acá —dice señalando el techo—.
Me subí y le puse membrana ¿Qué voy a hacer? —se ríe—, no puedo pagar para que
me hagan las cosas, ¿qué vas a hacer? ¿mirar la pared? ¿mirar para arriba? Yo
no tengo tiempo ni de pensar.
Un par de horas antes de ese alud de palabras y
con un cielo amenazante Alberto Cejas me había escrito en un mensaje de WhatsApp
“Si llueve vení igual “ .
La lluvia fue breve y liviana y a las 15:00 hs,
puntual, estoy parado en la vereda de su
casa. Detrás de la reja, en el jardín delantero, ladran exageradamente tres
perros para que Alberto salga. “Hola, ¿cómo estás?” nos cruzamos con la
pregunta, pero su respuesta es la que
vale:
—Y acá, haciendo cosas, viste.
***
Aunque su piel no los aparente Alberto tiene 60
años y desde los trece se dedica al trabajo doméstico. Trabajó más de veinte
años, doce horas diarias, en una casa de familia. Tenía la misma edad que
algunos de los chicos que vivían en esa casa. Los siguientes veinte años los
pasó limpiando otra casa.
Baldeando patios, encerando y lustrando pisos,
fregando bronce, cobre y vidrios aprendió los secretos de la limpieza y los de
una clase que tenía todo lo que él no iba a tener nunca. También aprendió que
en un pueblo chico y por esos años, lo más duro sería sobrellevar sus
elecciones: ser hombre y trabajar de servicio doméstico, ser hombre, ser gay y
trabajar de servicio doméstico.
Es delgado, alto y de rostro anguloso. Los ojos
oscuros chisporrotean inquietos detrás de un par de anteojos de aumento con
marco negro; que a veces, cuando hace falta, deja caer sobre la nariz para
disparar miradas como rayos. Cuando ríe, que es muy seguido, es difícil
imaginarse la seriedad en ese mismo rostro. Pero cuando esa otra combinación de
gestos se da, puede llegar a una intensidad helada - fúnebre-.
Lleva puesto un jean, remera gris, el pelo
prolijamente peinado hacia atrás y un enorme rosario de madera cuelga de su
cuello. Se lo regaló hace más de cinco años una persona mayor que supo cuidar y
desde entonces solo se lo quita cuando se baña. Cree en Dios pero a su manera,
sin intermediarios. Habla muy rápido, a veces demasiado, apilando palabras que
no siempre terminan de pronunciarse. Consciente
de eso, quizás, repite varias veces las mismas frases y las va mechando con
refranes certeros: “Vivo en la calle, como vaca de pobre”, “Me van a colgar
como liebre en el mercado” o “Los
parientes como los eucaliptus, lejos de la casa”
Desde hace unos años se reparte entre varias
casas, acumula kilómetros en una bicicleta playera de una punta a otra del
pueblo. Dos horas acá, otras dos más allá, vidrios en otro lugar -su
especialidad-, algún mandado y además su casa, donde nació y vivió junto a su
madre hasta que quedó solo hace casi seis años.
***
Su papá se fue de la casa cuando él era chico y
fue un alivio para todos librarse de sus palizas. Nunca más lo volvió a ver,
hasta su entierro, cosa que de una forma u otra siempre estuvo esperando y
también fue un alivio.
Su mamá se hizo cargo de la casa y cinco hijos.
La miseria que pasaron fue desmedida.
—En esa época había mucha miseria, no como ahora
que hay un montón de cosas. Pasamos mucha necesidad. Íbamos con mi mama y mis
hermanos a cazar peludos y mulitas. A dedo hasta el canal 11, con una lata y los perros. Cazábamos para
vender y con eso comprábamos pan. Luz no había, teníamos una vela, cuando
tuvimos una lámpara a kerosene ya era un lujo. Después conseguimos un farol a
fuelle, con eso cambiaba la cosa.
En un solo ambiente vivían todos, cocinaban
afuera en un fuego y se bañaban en un tarro. En invierno cuando el frío era un
dolor que roía los huesos, entraban las brasas encendidas y alrededor de ese
corazón ardiente se apiñaban los seis. De todas formas Alberto recuerda su
infancia con felicidad. Nunca oyó a su madre quejarse por lo que no tenían que
era básicamente todo. Sí, la recuerda estricta, muy estricta, pero siempre la
justifica. Dice por ejemplo, “Yo era insoportable, “También yo, era terrible”,
“Yo era un indio” o dice “Ella sola con cinco hijos, tenía que tener carácter”,
“Nos tenía que cachetear, cómo iba a hacer.”
Recuerda por ejemplo que supo escaparse de la
escuela un par de veces, pero que a la tercera vez su madre lo pescó de la
oreja, y así lo llevó. Irrumpió en el aula, “Perdón señorita, ¿cuál es su
banco?” dijo frente a todos sus compañeros. Y sin soltarlo, como un muñeco de
trapo, lo encajó en su lugar “¡Te sentás acá!” fue el grito que se oyó y detrás
una cachetada cuyo eco de humillación todavía sigue ardiendo en algún lugar de
la memoria.
—Era el respeto que había. Mi mamá siempre
apoyaba a las maestras —dice, mientras dirige toda la tensión a las manos, que
juegan con un encendedor entre los dedos.
—Mi mamá trabajaba limpiando en casas de familia.
Nos cerraba la puerta con llave y se iba a trabajar.
—¿Y qué hacían ustedes?
—Nada, éramos chicos... Jugábamos adentro, que
íbamos a hacer —dice con naturalidad.
***
En el año 1972 los márgenes de Tapalqué eran la
puerta a la pampa, el barrio de la feria frente a la Sociedad Rural, donde
vivía Alberto, era barro y
montes de eucaliptus y una vez por mes la tierra temblaba bajo las
pezuñas de cientos de vacas traídas a arreo a la casa de remate. Alberto tenía 13 años, el colegio secundario
no era una opción posible, así que una mañana caminó algunas cuadras hasta la
casa más grande que había entre la suya y la escuela 2, y que ostentaba una
manzana entera de parque con árboles que aún hoy siguen en pie. Golpeó las
manos, salió una chica y Alberto se ofreció para trabajar. De lo que sea:
mantener el parque, barrer el patio o limpiar la casa. “Vamos a ver, cualquier
cosa te avisamos” le dijeron. Nunca habían tenido un hombre para la limpieza.
Sólo mujeres.
Al poco tiempo, cuatro o
cinco días, lo fueron a buscar a su casa.
—El primer día
barrí el patio, un patio enorme de adoquines. Una vereda grande.
Barrerlo y baldearlo. Había una planta de ombú, qué manera de haber mugre. Era
baldearlo todos los días.
—¿Vos sabías limpiar?
—No, me enseñaba la señora, era muy exigente.
Amelia, era una maestra de la limpieza, ¡ah! no sabés. Tenía su carácter la
señora, pero uno aprende. Conmigo era buena. Estaba todo el día ahí adentro,
iba a las ocho de la mañana y salía a las ocho de la noche. Muy buena pobre
Amelia, gauchita, pobre... Amelia —la
última vez que pronuncia su nombre lo hace sintiendo realmente su ausencia,
como en un suspiro, una invocación para sí de infinitas imágenes—. Tengo lindos
recuerdos, incluso la señora cuando se fue me escribió una carta desde Francia.
Me mandó una tarjeta a la carnicería del
vasco Chiramberro —recuerda con
cierto orgullo.
Me cuenta que en esa época a “la gente” le
parecía un horror que un hombre
trabajara haciendo la limpieza doméstica.
—Era más complicada la cosa, no como ahora que es
más común. En esa época la gente... bah “la gente”, alguna gente me gritaba
cosas -viste que Tapalqué sigue siendo un poco difícil-. Yo por ahí, les
contestaba algo, tampoco era muy calladito, tengo mi carácter. Pero me costó.
—¿Qué te gritaban?
—Cosas que no te tienen que decir. De mi
personalidad. Ha sido un poco difícil siempre la cosa. Así fui remando, pero me
tuve que bancar muchas cosas.
Cuando le pregunto si ha estado en pareja dice
que no, que aunque tuvo amores siempre evitó el compromiso, “Quién me iba a
aguantar a mí” dice riéndose a carcajadas pero vuelve a la seriedad para
aclarar:
—No era fácil tampoco. Tener una pareja
homosexual es difícil en Tapalqué. En esa época era diferente, capaz que te
cagaban a palos. Era muy difícil, no como ahora que es todo liberal. Además si
mami me llegaba a ver con una pareja me cagaba a patadas por el culo. Yo estoy
contento por lo que soy. —lo escucho, veo sus ojos vidriosos y trato de
dimensionar lo que me cuenta, me pregunto hasta donde habremos sido capaces de
herir, lo sigo escuchando y subraya —. Me fue muy dificil, muy difícil, me
costó mucho.
***
La casa es chica, una habitación, la cocina, el
baño y el comedor de no más de tres metros por tres y medio, donde estamos
sentados ahora. Hace poco pudo cambiar el piso alisado por cerámico, el techo
en cambio sigue siendo sólo la chapa, desde el centro cuelga orgullosa una
lamparita. Además de la mesa y las sillas hay un freezer, dos aparadores y otra
pequeña mesa. Todo conectado como una
cadena montañosa de muebles que casi no dejan espacio para moverse.
—Esto era una sola pieza, después se fue
agrandando, la fue ayudando la municipalidad a mi mamá, le pusieron el gas, yo
le compré un calefactor y así fueron mejorando las cosas.
¿Qué querés tomar, mate, café? —pregunta y se
para a preparar el mate—. Trae un paquete de medialunas y tortas negras que
desenvuelve prolijamente sin dejar de hablar. Ahora desde la cocina me pregunta
“¿Cascarita de limón te gusta?”. Trae un limón y lo raspa con un cuchillo
serruchito sacando finas hebras que agregará a la yerba. Se mueve sigiloso,
obligado a un perfil egipcio para poder pasar entre los muebles. Saca yerba del
aparador, pone dos cucharadas de azúcar antes de la yerba en el mate.
—¿Eso que se escucha qué es?
—El televisor en la pieza, acá no se apaga nunca.
Yo me acuesto con el televisor prendido, no me molesta, me acompaña. Y esta
perrita también me acompaña, es mi compañera —dice mirando hacia abajo de la
mesa donde está la perra—. Era de la chica de acá al lado pero no la quiso más,
así que la traje. Poquitita se llama. Ella es mi compañera —dice dulcemente
hablándole a la perra.
Tiene dos perros más que viven afuera, uno
también lo adoptó porque en la casa donde lo tenían no lo querían, rompía todo.
—Acá no me rompe nada. Conmigo se porta re bien
—se ríe —. Lo tengo cortito, “¡Salga de las plantas!” —imita un reto, enérgico
y se vuelve a reír.
***
Cuando tenía alrededor de 15 años su mamá empezó
con problemas de salud que le impedían trabajar, así que Alberto sostuvo la
casa y a su madre.
—Mami estuvo toda la vida enferma, pero ya al
último no se podía manejar solita, había que estar con ella, ayudarla,
levantarla, acostarla, bañarla. Pero bueno el último tiempo lo vivió bastante
cómoda. Ya tenía el calefactor, ésta puerta, la ventana. Después de eso,
ya no trabajé más en el cuidado de otras
personas. La cuidé mucho a mami.
Las manos grandes hacen ademanes, dibujan en el
aire, cachetean alguna mosca o se juntan palma con palma apretadas entre los
muslos, cuando no están cebando mate. Me cuenta como es en su trabajo, dice que
tiene paciencia y que a él también le tienen paciencia.
—Yo tengo mis locuras. Si no me gustan las cosas
las digo, por ahí me callo pero, ¡ah, que cosa que no me gusta callarme, soy
leonino! Soy un santo, cuando duermo sino soy el diablo— se ríe a carcajadas,
repite varias veces la frase, la perra ladra—
¡Che! —la reta— ¡Che! —insiste— ¡Che Poquitita! ¿Qué querés? ¡Quedate en
paz! —y finalmente Poquitita le hace caso o se aburre de ladrar y Alberto
sigue—. Siempre fui de carácter, soy chisposo, alocotonado, te darás cuenta por
la manera de hablar, viste como hablo yo...tac-tac-tac-tac-tac.
A pesar de ciertos avances,
el trabajo doméstico en nuestro país constituye, sin duda, una de las
ocupaciones con mayores niveles de precariedad y desprotección laboral. La
presencia de la trabajadora o trabajador doméstico es silenciosa y termina
volviéndose invisible y esa idea del “Como si no estuviera allí”, la mayoría de las veces se traslada a sus
derechos.
Alberto en la mayoría de las casas trabaja solo,
le dejan la llave. Lo acompaña la FM
local, y allí maneja la casa a su gusto, se mueve libre, eléctrico y metódico
para en un par de horas pedalear a la siguiente casa.
—Con los tiempos soy así: taca-taca-taca- yo me
exijo, no me exige nadie. A tal hora tengo que tener las cosas hechas, en tal
tiempo tal cosa y así. Y en casa, mientras limpio cocino, o lavo, o hago un
mandado y tengo la comida en el horno. Pero a mi dame calle, dame calle, no me
tengas encerrado porque me muero. Vivo en la calle, me pongo a conversar, a
bolacear con la gente, voy a la casa de una mujer amiga a llevar ropa a
arreglar y capaz que estoy dos horas.
Todos los domingo voy al cementerio a
la mañana y después comemos juntos con Verónica. Yo me organizo, no voy
a esperar que se levante ella con toda su paciencia. Dejo algo en el horno que
se vaya cocinando despacio. Si hay que hacer ensalada de papa me levanto
temprano, hago las papas y las dejo que se enfríen . Voy al cementerio y cuando
vuelvo ya está hecha. Al cementerio llevo dalias, lilas, achiras, rosas. Le
llevo a mamá, a mi hermano, a una tía, a la hermana de mi amiga que está en Bs
As —se ríe de la lista.
***
Verónica es la luz de sus
ojos, es su orgullo. Por momentos se refiere a ella como su hermana, por
momentos como su hija. Lo cierto es que Alberto tenia veinte años y Verónica
tres meses cuando la adoptaron - en familia- y él le dió su apellido. Alberto se esforzó corriendo entre cinco
casas para que no le falte lo mismo que a él, y con su ayuda pudo terminar el colegio y seguir estudiando un
profesorado de historia.
***
La conversación va y viene, Alberto cuenta
anécdotas, trae recuerdos, se divierte. Me cuenta que hasta hace un tiempo salía a bailar
con un grupo de amigas.
—Salíamos al baile de jubilados, al boliche no,
son todos chicos. Antes sí, estaba Mumbo Yumbo, hace como trescientos
años ya —y se vuelve a reir—. A mí me
gusta loquear, bailábamos toda la noche. Pero hace mucho que no salgo, ahora
soy más viejo, los 38 pesan querido —dice entre carcajadas.
—Me acuerdo de las bailantas del balneario. Si
habré bailado ahí. A la tarde iba al balneario, después a la bailanta, de la
bailanta a trabajar y así... Una vez gané un concurso de cumbia -con Olguita
Matos -. Me divertía, la pasaba genial y al otro día seguía como si nada la
rutina.
Me cuenta que el sábado que pasó se acostó muy
cansado, pero a las tres de la mañana los ojos eran dos lunas. El televisor
estaba encendido como siempre así que se
enganchó con una película, cuando se dio cuenta el sol agujereaba la ventana.
—Empecé a escuchar el viejo que está a la mañana
en Crónica tv. Me levanté y me puse a ordenar el galpón, después saqué
una mesa vieja, la limpié toda, más
tarde vino mi hermana a almorzar y ya tenía la papa cocinada, preparé el fuego,
ya había descongelado la carne. A mí me
gusta tener todo temprano. Hasta un flan casero hice, compré una bolsa de
carbón una leche y me hice el flan. En el galpón no dejé nada, los productos de
limpieza y el shampoo nomás. Yo me compro cinco litros de shampoo
y crema de enjuague, como si se bañara un regimiento. Tengo shampoo para
toda una vida —dice, y se desinfla en carcajadas—. Viste este freezer,
lo tengo lleno de comida. Compro y guardo, compro y guardo. Capaz que uno no se
da cuenta viste... Pero como pasé tanta necesidad cuando era chico no me gusta
que falte nada. Compro y guardo, compro y guardo, compro y guardo. Uno no sabe
qué puede pasar mañana. Capaz que me toca alguna cosa que no puedo moverme y no
tengo un paquete de fideos; no sé si soy loco, pero es costumbre. Además me encanta
comprar porquerías, viste. La otra vez fui a La Plata - al hospital- y me compré un reloj grande, es un reloj para
salir, para pituquear. Tampoco es de los buenos, un reloj a 300 pesos es
descartable. Pero bueno yo me lo compro igual, me gusta —dice estirando la “U”.
Las horas se fueron pasando al ritmo de Alberto,
ahora antes de despedirnos caminamos por el patio, me nombra cada planta, la
ruda está ubicada esotéricamente a la derecha de la casa para que lo negativo
retroceda. Me muestra una planta de guindas, con las frutas ya maduras, la puso
creyendo que era otro árbol, y ahora como porfiando la realidad no las come y
me las ofrece. Vemos el gallinero, “¿Querés llevar huevos?” me dice. Lo que
tiene lo comparte, lo ofrece, se da, generoso, amable. También me muestra la
escalera rota con la que subió a poner membrana y siempre con una particular
chispa para encontrar el lado bueno de las cosas. Se ríe prácticamente de todo,
pero sobre todo de él y frases hechas
como: “Tenés que tener un poco de humor en la vida, no te vas a poner a
llorar”, “Las cosas que ya pasaron ya está,
hay que vivir el presente. “¡Viví hoy!” en él suenan genuinamente
optimistas.

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