CRÓNICA/PERFIL: Tito Tavella, modelo para armar
“...aquella buhardilla era para mí algo más que
el lugar donde podía gozar a mis anchas del placer del principal de mis
hobbies, el aeromodelismo. Aquella buhardilla era la prueba concreta de mi
triunfo en la vida. Yo Juan Salvo, no era rico, pero mi pequeña fábrica de
transformadores me permitía vivir a gusto, tener la clase de placeres simples
que eran todo mi horizonte. Sí, era dulce la vida aquella noche helada en mi
chalecito de Vicente López, cálido como un nido”.
El eternauta- H. G. Oesterheld
Heriberto “Tito” Tavella tiene 78 años, se jubiló de escribano, de profesor de matemática de nivel medio, es coleccionista apasionado de radios antiguas, es el ultimo radioaficionado de nuestro pueblo, fue aeromodelista, estudió dibujo por correspondencia y cuando cumplió 18 años se afilió al partido Radical. Fué intendente en el año 1987, antes había sido el primer Secretario de Acción social y más tarde fue concejal, además de presidente de su partido. Es padre de cuatro hijos y tiene una curiosidad inagotable y voraz.
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Cada vez que trasmite siente
la misma emoción, no importa que sea el año 2020 y ya hayan pasado más de 60
años de su primera transmisión como radioaficionado. Siempre es mágico.
***
Promedia enero, son las 17:00 hs y la temperatura supera los 30 º.
Voy en bicicleta hacia el centro geográfico del pueblo. Las calles son un
estereotipo de pueblo, una postal de la
siesta, hasta que desde un comercio levantan las persianas y el sonido
metálico, exagerado, rechina sin competencia ofendiendo la tarde.
Frente a la plaza principal dos tilos enormes
guarecen la casa y la envuelven en perfumes terapéuticos. La fachada, aunque
restaurada, conserva su esencia de principios de siglo XX, cuando los
constructores parecían haber perdido la escala humana. La entrada: una puerta
de hierro de doble hoja, un escalón de mármol y un zaguán con piso de mosaicos
calcáreos. Golpeo y aparece Tito Tavella. De ahí en más no existirá el
presente, todo será diseccionado y tendrá su relato de origen. Cada apellido
tendrá su referencia de por lo menos tres generaciones y una lógica amable y
apasionada lo cubrirá todo como la noche.
***
Su abuelo Tavella llegó de Italia con 14 años
cumplidos arriba del barco en 1874 -Tito
conserva el pasaje- y en 1887 con 27 años fundó la panadería El progreso.
Esos trece años, desde su llegada hasta que abrió la panadería, son una
nebulosa que Tito no ha podido disipar.
—Tal vez trabajó con quien iba a ser mi bisabuelo
Balvi y ahí se hizo de novio y se casó con la hija, no sé. Calculo que sí, ya
que eran del mismo pueblo de Italia. No sé como habrá venido hasta acá, porque ferrocarril no había —piensa en voz alta, se pasa la mano por el
pelo —debe haber llegado a Azul. No, tampoco había ferrocarril en Azul —se
refuta —no sé, habrán venido en carro —aventura tratando de entender aunque más
no sea eso.
El apellido de su abuela paterna es Balvi. Esa
historia sí la tiene completa.
—En este terreno estuvieron los indios y después
mis bisabuelos. No hubo nadie en el
medio. Esta esquina era toda de los Balvi. Mi bisabuelo era herrero de carros.
Su padre continuó con la panadería y su madre se
dedicó a la crianza y al cuidado del hogar. Tiene una hermana mayor y una
menor. Eran una familia de clase media de pueblo- como sigue siendo su familia
hoy en día- y eso se traduce no en lujos, pero si en oportunidades que con
sacrificio y una inteligencia brillante supo aprovechar.
Tito se casó muy joven y tuvo dos hijos, Pablo y
Paula. A los diez años de matrimonio su compañera falleció después de una larga
enfermedad. Con los años pudo rehacer su vida y se volvió a casar con “Mary”
Mangieri, con quien tuvo dos hijos Juan Cruz y Eliana.
***
El ambiente en el que estamos es grande, de
techos altos, luminoso y es una ampliación relativamente reciente, de lo que
antes había sido una galería cerrada con mamparas, que en esas casas
funcionaban como distribución al resto de los ambientes. En el centro hay una
mesa de cedro con seis sillas, el mismo juego de su infancia. Oculto bajo un
tinte caoba un tramo de la mesa es de pino, el cedro original lo usó Tito, en
su adolescencia, para hacer la proa de un barco que navegó cuatro temporadas en
el arroyo.
—Fijate pasale la mano, vas a notar la diferencia
—me invita acariciándola, como al lomo de un animal que ha domesticado hace
años.
Viste jean y camisa mangas cortas a cuadrillé en
tonos bordo. Habla tranquilo, no monótono, con un vocabulario amplio, a veces
técnico a veces didáctico y siempre preciso.
—Nací el 5 de diciembre de 1941, dos días antes
de que los japoneses invadieran Pearl Harbor, la base estadounidense. Yo
digo siempre, a titulo de chiste, que estaban esperando la orden mía para
atacar —se ríe —aunque más pacífico que
yo, difícil que haya otro.
***
En Tito vive una actitud ya extinta, la inquietud
por saber cómo funcionan las cosas. No la mera aspiración a usarlas, sino a
entenderlas, desarmarlas y volverlas a armar. Esa curiosidad que era promovida
por revistas como Mecánica popular o Hobby en los años 50, cuando
la tecnología inundó los hogares con la promesa de mejorar la vida, duró
algunos años hasta que el mundo se complejizó volviéndose una caja negra
indescifrable. Hoy, por más curioso que uno sea no llegará a entender, por ejemplo, cómo es que en un pendrive pueden
guardarse las fotos de las vacaciones de toda una vida. De todas maneras en él esa llama nunca se
extinguió, muy por el contrario, se trasladó a todos los aspectos de la vida.
Ahora ubicado en el ombligo del pueblo, en cada anécdota, en cada reflexión, en
realidad lo que hace es poner en marcha su inteligencia para desarmar y
comprender todo tal si fuera una máquina o un circuito; inclusive este pueblo,
que no cambia por ninguna ciudad del mundo.
***
El frio húmedo de junio se cuela en la ropa, o
los vientos de agosto empujan a contramano, o el calor adelantado de diciembre
agobia. No importa. Es un día cualquiera, de una semana cualquiera de 1950 y
Tito sale de la escuela Nº 1 Nicolás Jurado, de guardapolvos blanco y portafolio.
Sin perder un minuto hace las tres cuadras y media que lo separan de la
panadería de su papá, se sienta al lado de una enorme radio Telefunken y
ahí permanece clavado por quince minutos, que es lo que duran los episodios de
“Tarzán” trasmitidos por radio Splendid de Buenos Aires, auspiciados por
la marca Toddy. Esa escena se repetirá todos los días por años.
—Esas son cosas que te quedan en la memoria, me
parecía que tomando Toddy me iba a poner como Tarzán —recuerda ahora
entre risas. —Esa radio Telefunken era hermosa —y parece verla mientras
estira la “r”.
—¿Ahí nació tu pasión por la radio?
No sé, siempre me interesaba. Ver que salía una
voz de una caja, uno decía ¿hay gente adentro? —dice riéndose —pero mi mayor
interés nació después, cuando Tapalqué se quedó sin luz , allá por el año 52,
53.
El relato sigue pero lo interrumpo, “¿Cómo que se
quedó sin luz?”. Hace un pausa y la historia ahora se remonta al año 1922 con
la fundación de la usina y la biografía de
su fundador. Al relato no le faltará nada: definirá la corriente alterna, la continua,
se detendrá en los tipos de motores, pasará por las cuestiones legales hasta
llegar a 1952 cuando el pueblo se quedó sin luz por una sumatoria de causas que
involucran un cortocircuito, pero esta vez entre los privados que sostenían la
usina y el Estado.
—Tenía pasión por la usina, en verano abrían las
ventanas y yo iba en bicicleta, me
colaba para ver como encendían los motores. Tendría doce años. —Consciente de
la bifurcación del relato vuelve —Bueno, pero entonces como no había luz y a mí
me gustaba escuchar radio, empecé a interesarme por las radios galena, que se
podían escuchar sin luz eléctrica.
Una radio a galena es un receptor de radio AM que
empleaba un cristal -galena- para “detectar” las señales de radio en amplitud
modulada en la banda de onda media y corta. Se trata de un dispositivo de
fabricación simple, muy conocido de iniciación a la electrónica tanto en el
campo de la educación como entre los radioaficionados.
—Agarré unos libros viejos que andaban por ahí y
me acuerdo que a Marconi, un hombre que era pedicuro, le cambié un motor de
aeromodelismo por un libro de radio. Un clásico norteamericano “The radio
amateur´s handbook- El manual del radio aficionado-”, la edición de
1940, todavía lo tengo.
Con ese libro dio los primeros pasos en una
actividad que jamás abandonaría. A los 14 años fabricó una radio galena, más
tarde una a válvulas. Le siguieron unas vacaciones trabajando con Franklin
Petey donde también armaban radios; y por supuesto visitar a todos los
radioaficionados del pueblo.
—¿Vos tomaste recién? Sí —se contesta antes que
pueda decir lo mismo —A ver, esperá que
voy a traer unas macitas porque el mate amargo solo es demasiado amargo, viste.
Vuelve con un paquete de galletitas Lincoln,
lo abre, coloca algunas en un plato y cierra el paquete haciendo un torniquete
en el espacio vacío que dejaron las galletitas y lo aparta. Entusiasmado en el
ir y venir de los tiempos se perderá un par de veces más en el orden del mate y
me hará de nuevo la pregunta, “¿Tomaste vos?” Siempre diré que sí.
Su pasión por las radios tiene varias aristas.
Por un lado la colección de radios antiguas, por otro su actividad como
radioaficionado. Sacó la licencia a los 17 años y la viene renovando
ininterrumpidamente hace 61 años. Y por último la fabricación de los aparatos
para trasmitir. Tiene 5: dos portátiles y tres fijos.
Aunque es el único que sigue trasmitiendo en
nuestro pueblo, no está solo. En Argentina hay 16 mil radioaficionados y 136
radio clubes. Es la red social más antigua y de mayor duración que existe. Y
consiste básicamente en una comunicación que se establece por ondas de radio
con fines de capacitación, entretenimiento y servicios a la comunidad. Los
radioaficionados prestan servicio de comunicación durante catástrofes
naturales, cuando las demás vías se vuelven inútiles. Incluso en guerras o en
casi guerras como dirá Tito para referirse al “conflicto del Beagle” entre
Chile y Argentina de 1978 .
Aquel diciembre, desde el aparato de radio ubicado
en el altillo de su casa, cada amanecer, se oía una voz acartonada pasando
lista hasta que al pronunciar “¿Doble Alfa Sierra 22?”, Tito respondía:
presente. Ese es el nombre en código que el ejército Argentino le había dado
junto a una orden precisa: estar a disposición del ejercito como observador del
cielo desde el crepúsculo matutino al crepúsculo vespertino. Para eso le
enviaron una carpeta con las siluetas de los aviones chilenos y la orden de
reportar por radio cada avión que surcara el cielo de Tapalqué. Al principio al
oír ese código secreto Tito se sentía un poco James Bond, aunque la
situación se parecía más al Superagente 86. Fueron 20 días aplastado en
una silla haciendo poco más que sombra en el fondo de su patio, mirando para
arriba como un pozo y oyendo a través de las
nubes cuando había.
—La gente te dice ahora, los radioaficionados con
el tema de los celulares ya pasaron a la historia. No, es otra cosa. Es como
decir los botes a vela no andan más porque hay a motor.
***
Cuando estaba en tercer año del colegio ya había
decidido estudiar ingeniería en telecomunicaciones en La Plata. Como la
orientación del colegio Bartolomé Mitre no era la que más le convenía decidió
irse a terminar el colegio en Azul. La ruta
era de tierra y esos 50 kilómetros nos alejaban mucho más que ahora.
Viviendo en una pensión cursó cuarto año y rindió libre quinto, sin
sobresaltos. No recuerda haber agarrado un libro para estudiar, con las clases
le bastaba. Cuando rindió en marzo la última materia libre ya era tarde para el
ingreso en ingeniaría. Así que pasó un año en Tapalqué, dando una mano en la
panadería y alimentando sus hobbies.
Al año siguiente rindió el ingreso y cursó el
primer cuatrimestre, obtuvo excelentes notas sin demasiado esfuerzo. Pero algo
le empezó a hacer ruido. Tapalqué era su lugar en el mundo y con ese título
poco podía hacer en el pueblo. Recordó
entonces que un escribano amigo de la familia le había dicho: “Estudiá para
escribano y te venís a trabajar conmigo”. Primero habló con su mamá, después se
lo dijo a su padre. “Si me hacés caso a mí, hacé lo que vos quieras”. Fue la
respuesta que le dio total libertad.
Sin perder un minuto se fue
para La Plata para volverse a Tapalqué. Empezó a rendir libre las materias para
escribano. El primer año, rindió una, el segundo rindió la segunda. “¿22
materias? le preguntó su madre. Así que vas a tardar mínimo 20 años más. No
mijito, te quedás acá trabajando en la panadería o te me vas a La Plata y te me
recibís lo más rápido posible”. En tres años estaba de vuelta el escribano en
su lugar preferido del mundo y con trabajo. Qué más podía pedir.
***
No hace demasiados ademanes, solo cuando indica
alguna dirección del pueblo. Por momentos junta las manos y juega girando los
pulgares, se toca el pelo o apoya el puño de la mano izquierda sobre el muslo
formando un ángulo de 90º invertido. Esos serán todos los movimientos que hará,
además de cebar el mate, mientras viaja
en el tiempo.
—¿Aeromodelismo hacías desde más chico?
—Sí, porque antes en la escuela en la parte de
manualidades a las chicas les enseñaban a bordar y a nosotros no enseñaban
aeromodelismo. Modelos simples, sin motor. Es una actividad sana, linda,
jugando vas aprendiendo principios de física. Hoy ha cambiado todo, hoy los
chicos manejan la computadora, la manejan es cierto, pero a mí siempre me
intereso ir más allá, cómo funciona, yo quiero ver más. Me acuerdo que mi tío
una vez me trajo un avión de madera y yo quería ver cómo funcionaba y lo rompí
todo. No tenía nada, era madera. Otra vez me regalaron un camión de bomberos y
también le pegue un martillazo para ver que tenía adentro —se ríe —Siempre tuve
esa curiosidad.
Mantuvo el hobby del aeromodelismo hasta los
primeros años de Pablo, su primer hijo.
—Tengo ahí un modelo a motor radio controlado.
Traté de interesarlos a los nietos pero no
te dan pelota viste, están para otra cosa. Pero bueno quedo ahí como
dice Gustavo Adolfo Bécquer “esperando la mano de nieve, que sabe arrancarlas”
***
—Mi abuelo, participó de un movimiento
republicano en Italia, no recuerdo el nombre. Mi tío Miguel tuvo un cargo en la
municipalidad en la época de Irigoyen. Creo que fue el que le hizo sacar el
alambrado a la plaza. Claro, se
explicaba en aquella época por los animales. Como dice el Chango Rodríguez “en
la plaza Villa Allende, un agente en
bicicleta espantaba los caballos, era el cabo tijereta”.
Mi viejo, si bien no participaba en política,
leía mucho y comentaba mucho; a mí siempre
me interesó. No bien tuve 18 años fui con mi libreta recién entregada y
me afilié al Radicalismo. En La Plata iba a todos los actos radicales que se
hacían, pero realmente la militancia la tuve acá, allá no. Si me dedicaba a eso
no me dedicaba al estudio y mi vieja me esperaba contándome las materias que
daba —se ríe.
—Siempre estuve vinculado al partido. Después
cuando nace el Movimiento de Renovación y Cambio en el 72 yo me fui con esa
parte joven, ahí empezaba Alfonsín. Éramos muy poquitos, la primera elección
interna la perdimos 92 a 15.
En 1987 tenía 47 años y fue elegido intendente.
Gobernó cuatro años, y aunque hace un balance positivo de su gestión, lo vivió
como una carga. Los meses de hiperinflación de 1989 fueron caóticos. Era una
economía sin precios, disparatada, una situación que algunos especialistas
asemejan a la angustia y desesperación que una población vive en un estado de
guerra.
Cada mañana salía de su casa, atravesaba la plaza
Adolfo Alsina para entrar en la municipalidad y no había canto de aves, ni
rosales perfumados, ni aire fresco que aliviara el mantra que sonaba en su
cabeza “¿Cómo voy a pagar los sueldos a fin de mes? “
Ese mismo año sufrió un pre infarto.
Cumplió su mandato y no se presentó para una
reelección. No existía golpe de martillo capaz de develar el funcionamiento del
absurdo económico.
En 1995 sufrió otro infarto. Estaba todavía
convaleciente en el hospital de Azul, cuando Chinipo Vázquez lo fue a ver para
decirle: “Te queremos de primer concejal; es la condición que pone Norberto
Noseda para ir de candidato a intendente”.
Tito no pudo negarse y, aunque esas elecciones
dieron como ganador al Dr. Romera, cumplió su mandato de concejal y ese fue su
último cargo público.
***
A los 18 años su padre le regaló una moto, que
después tuvo que vender para pagar el alquiler cuando se casó.
Cuando su padre falleció, la mamá quiso vender la
casa, mudarse a algo más chico. Así que con un crédito del colegio de
escribanos Tito compró la casa de su infancia.
—Y acá estoy hasta que Dios diga basta, soy parte
de estas paredes. Soy muy apegado a las cosas. Tengo juguetes de cuando era
chico. Tengo un proyector de cine graf a
manivela, venía con un rollito de 16 milímetros. Eran dibujos animados mudos.
—¿Pero con la tecnología también te manejás?
—Sí, sí yo me adapto. En el 85 ya compramos una
computadora TK200. Después compre la Comodore 128. Uso mucho internet, porque
gracias a eso hay mucho intercambio de información, muchísimo.
***
Un día del verano 2020.
Son las 8:20 Tito se levanta, apacible, prepara
el desayuno. Hace rato que no se queda de madrugada trasmitiendo y ahora hace
mucho calor para subir al altillo donde tiene ,entre muchas cosas, el trasmisor
de radio. Mientras se calienta el agua para el mate, quizá repase alguna lista
mental de los mandados que hará más tarde, o piense en que a la tardecita irá a
la chacra. A esta hora de la mañana, su vecino ya le habrá “recorrido”, no
suele llevarle mucho tiempo, son 20 hectáreas propias más 30 arrendadas. Lo
entretiene pensar que la semana que viene venderá unos terneros y que ya tiene
el negocio medio apalabrado. Sabe que no es mucho, una renta y una changuita
para algún tercero.
Comparte unos mates con Mary, conversan, hacen
los mandados o dan una vuelta por gusto nomás. Nunca se aburre. A la noche,
quizás, como suele hacer algunos viernes, se arrime hasta el Club Social, cene
con amigos y jueguen al truco, por amor al arte nomás.
Así son los días de un hombre feliz, en tiempos
donde ignorar el funcionamiento de las cosas no nos priva de la felicidad. Pero
aún así Tito añora el martillo sobre el
juguete. Porque como se intuye, no era solo el funcionamiento de los
objetos lo que se pretendía comprender, sino el de la sociedad toda.
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