IDENTIKIT: Arquitectura Ferroviaria
La estación sigue ahí, sin trenes, esperando del otro lado del arroyo, tan sola, tan nuestra y tan igual a todas.
Hablar de arquitectura ferroviaria es referimos
no solo a la estación propiamente dicha, sino a un conjunto de edificaciones y
elementos funcionales. Depósitos para: encomiendas, maquinarias, material
rodante y de cargas,
casas o casillas para empleados, tanques de agua
y de combustible, molinos de viento, señalizaciones, etc.
En la estación de Tapalqué vemos por un lado el
mundo de la maquina (depósitos, salas de aprovisionamiento, vías), allí el
despojo es total, la ingeniería al servicio de la función; por otro, el mundo
de lo humano, la boletería, los depósitos de valijas y paquetes, oficinas
de administración, la sala de espera,
con la curiosidad de una sala exclusiva de damas y el baño de hombres en el
exterior del edificio.
En la estación propiamente
dicha (muy bien conservada, ya que allí funciona la Escuela de Ed. Estética
Nº1) vemos que se dejó de lado el
típico ladrillo visto, y se optó por una terminación de revoque
salpicado. El ladrillo a la vista se reserva, en algunos sectores, para marcar
los ángulos de los volúmenes, las partes bajas del muro o los contornos de las
aberturas -.
El edificio es alto, con
techo a dos aguas y cabreadas a la vista. Se destaca además, su amplia galería con columnas de hierro
fundido sin mayores ornamentos y un techo de chapa de escasa pendiente. En
estaciones intermedias como la nuestra se incorporaron en el mismo edificio,
por cuestiones de control de tráfico permanente, la vivienda del Jefe de
Estación.
Las construcciones aledañas
terminan de conformar este paraje en la extensión del paisaje pampeano. Al otro
lado de las vias están los depósitos que son básicamente una estructura interna
de madera atornillada, recubierta de chapas de cinc; vemos también una casa a
la izquierda de la estación, cercana al enorme tanque de agua, allí residía el
encargado de abastecer de agua y sal a las calderas de las locomotoras; a unos
150 metros siguiendo las vías hacia el sur se encuentra otra casa donde residía
el capataz de cuadrilla. Otro dato importante, cada estación contaba con una
manga y un cargador para subir la hacienda a los trenes.
Ya no queda mucho más de aquellos años, aunque es
posible ver las palancas de cambio de vías, también las aguadas o grúas de agua
para abastecer al tren, y en algún vagón que aún sobrevive al desguace vemos en
el hierro atornillado o remachado, un sistema que en el siglo XIX permitió
construir desde esos vagones hasta puentes, rascacielos e incluso la famosa
torre Eiffel.
Por momentos la estación parece un fósil
conservado en las capas de nuestra memoria y cuando pisamos ese anden es
imposible no soñar con el rugido de un tren que se acerca. Los restos de
aquella cultura industrial poseen un valor histórico, tecnológico, social y
arquitectónico, y es nuestro deber seguir conservándolos como se viene haciendo
y además exigir su regreso.


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