LOS MÁS PEQUEÑOS DE LA ALDEA: ¿Te curo el empacho?
Por Dra. Florencia Núñez. pediatra SAP
De chica cada vez que mamá me notaba “molesta de
la panza” me cruzaba a lo Lola. Lola Fernández era la vecina que, además de
estar dispuesta para todo el barrio, tenía una cinta larga y roja para curar el
empacho. Siempre me dio curiosidad saber qué decía ensimismada mientras hacía
cruces con los dedos. El ritual se repetía tres días y a mí se me pasaba.
De acuerdo a la Real Academia Española, el
empacho es definido como una “indigestión de la comida” y en ese sentido sería
lo que la medicina alopática (¿intentando diferenciarse de la medicina
popular?) denomina como dispepsia.
En Latinoamérica existen reportes sobre el
empacho desde el siglo XVI y es trascendental su vigencia. El diagnóstico surge
del interrogatorio, de la observación y en algunos casos de la palpación del
abdomen o de la medición con la cinta. Esto último tendría además la función de
tratamiento a través de la oración que en el mismo acto se practica.
Son múltiples las hierbas que se usan para
aliviarlo y varían con el folklore de cada país, lo mismo que los untos o
ungüentos que se aplican.
De todas las terapias es la de tirar el cuerito
la más fundamentada. Esta provoca aumento del peristaltismo gastrointestinal
(movimiento del intestino) por estimulación de las raíces nerviosas
correspondientes al plexo solar, y obliga al paciente a evacuar en forma
inmediata. Otra explicación, desde el modelo de la acupuntura tradicional
china, es que esa zona corresponde a canales y meridianos que controlan órganos
internos con función digestiva, aumentado su actividad.
Aprender a curarlo es también un rito que se
transmite entre distintas generaciones, sobretodo de mujeres. De influencia
religiosa, la transferencia del saber debe darse en fechas como Semana Santa o
Navidad.
El empacho es muy frecuente en los niños por eso
es importante recordar que no se recomienda la ingesta de infusiones (té)
sobretodo en los más pequeños. Las plantas tienen principios activos y puede
ser muy difícil para uno medir la dosis que recibe llevando el riesgo de
intoxicaciones graves. Tampoco se aconseja en ellos el hunto de la piel con
ungüentos o alcohol.
Más allá de cuanto funcionen o no este tipo de
prácticas perduran en el tiempo y es en el consultorio donde tenemos la
posibilidad de abordarlas y acompañar con respeto. Negar nuestra cultura nos
aleja de nuestros pacientes y nos impide llegar con ese otro arte diferente de
curar.
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