Crónica: Los filos de Rolo Palle

 




Conversé con Rolo en 2023. Durante un buen rato, me habló de cuchillos, de la vida, de su historia. Por distintas circunstancias, esta crónica no se publicó en su momento. Hoy, tras su partida, vuelve como lo que siempre fue: un intento de escucharlo, de entender algo de su arte, de su tiempo y de su manera de estar en el mundo.


—¡Ah, ya estabas acá! —dice con algo de sorpresa ni bien abre la puerta, y agrega— Yo quería estar puntual, no me gusta llegar tarde. Cosa de antes, ¿viste? ¡Bah! Antes también había viejos vagos —sentencia entre risas, mientras acomoda una silla plástica en el único metro libre del local. Se sienta y sigue— Estas me las había llevado porque tengo que hacer una más chica igual a esta otra. Están trabajadas en la fragua y medianamente pulidas. Esta era una lima. Este otro está hecho con los aros de los camiones —me señala el material en bruto que está en la vidriera mientras sigue hablando—. Son una locura, es acero purísimo.

 

Los brillos metálicos —amenazantes— de los cuchillos pasan frente a mis ojos. Los va sacando de una caja de cartón, evitando toda ceremonia; más bien con cierto desapego, como si la perfección de esos objetos llegara al punto de no necesitar, siquiera, un trato especial.

Ahora elige uno y golpea el filo contra un pedazo de hierro. Uno, dos, tres, cuatro golpes vibran, salpicando el silencio espeso del local, que ya casi no abre sus puertas. Pasa la yema del pulgar suavemente por el filo, comprobando que está intacto, y me lo ofrece para que compruebe lo mismo.

 

—Me traés un cuchillo moderno y lo corto completo, no es que le deja una marca, lo corta completo. Esto no se conoce, yo no he visto y ni creo que de acá en adelante pueda haber alguien que lo haga. Yo he ido a Cosquín, a Jesús María, a Colón Entre ríos, a Puerto Madryn. No hay nada parecido.

 

En el local casi no hay lugar para moverse, y él lo hace despacio, apoyándose en una silla, en un mueble, apuntalando el cuerpo de 94 años donde habita ese torbellino, esa máquina de determinación, ese río bravo llamado Rolo Palle.

No tengo tiempo ni de presentarme. Cuando me doy cuenta, ya estoy envuelto en su prestidigitación, y no me queda más que encender el grabador e ir corriente abajo.

 

Al filo

Rodolfo “Rolo” Palle hace cuchillos. También otros objetos y herramientas, pero sobre todo cuchillos. Forja la hoja artesanalmente. Las hace del mejor acero que puede conseguir, reutilizando el material proveniente de otros objetos. Los encaba con maderas, cuernos de vacunos o de antílopes, con colas de mulita o dedos de avestruz, y ha llegado incluso a experimentar con cascos de balas o dados acrílicos. 

Sus cuchillos carecen de adornos. No aparentan lujo ni virtuosismo en su factura. Son austeros, y toda su potencia parece concentrarse en la hoja: en el metal pulido, en el temple exacto, en la dureza justa.

En el filo vivo, capaz de herir a un fantasma.

Su belleza nace tanto del rigor del oficio como de las entrañas del material: del acero cargado con la memoria de lo que fue: ejes de viejos sulkys, espirales de suspensión de vehículos antiguos, aros de camiones, limas, partes de maquinarias rurales. Materiales devueltos a la vida como piezas de una perfección severa.

En la vidriera de su local hay algunos ejemplos inmejorables; uno me llama particularmente la atención. No es un cuchillo, pero casi. Es un hierro redondo, tosco, del tipo que suele usar como materia prima. Desde uno de sus extremos, el material se estira y como el villano de Terminator 2, se transforma sutilmente en una hoja filosa. Una daga de delicadeza temeraria.

 

Forjar al hombre

Rolo Nació en el año 1929, pasó su infancia en el campo, en el partido de Azul. Mientras otros jugaban él hacía mandados, o trabajaba con su abuelo. Con él conoció el oficio, el arte de forjar.

Su abuelo materno había llegado de Italia huyéndole a la primera postguerra. Allá trabajaba en una de las principales acerías que durante la guerra se reconvirtió en fábrica de armas y más tarde en nada.

 

—Él no hablaba nunca de eso, de Italia no habló jamás. Pobre gente, lo que ha sufrido esa gente. Yo lo sé por los parientes, él estaba medio renegado y claro cómo no van a ser así si cuando se vino dejó a un hijo de un año y pico y a la mujer embarazada. Se morían de hambre. Al año y medio de trabajar acá los pudo mandar a buscar.

 

Rolo lleva la conversación por riachos que no dejan nunca de ramificarse, cuando está por contarme los inicios con su abuelo los recuerdos lo llevan en realidad a su otro abuelo. 

 

—Abuelo por parte de mi mamá. Porque mi papá es correntino. Yo soy nieto de aborígenes por parte de mi papá.

 

Del abuelo correntino pasamos a la estancia donde trabajaba su padre, de ahí a los caballos, al gusto por la pelea de su abuelo correntino y de ahí a su paso por el boxeo.

 

—Yo “hice guantes” en Azul. Eso me sirvió una barbaridad. Mi abuelo me enseñaba a pararme. Yo miraba la vez pasada ese muchacho gitano, que le pegó una trompada al tipo porque le había rayado el coche ¡A mí no me pega ni loco! si cuando viene caminando, yo ya sé que mano me va tirar y pasa de largo.

 

—Ah aprendiste bastante entonces.

 

—Nooo, —dice exagerando la “o” para decir si— Aprendí bastante. Hice cuatro peleas, gané las cuatro y no quise pelear más. Pesaba 62 kilos, pero toda la plata era para ellos. Yo me levantaba cuando todavía estaba oscuro para entrenar y después a las ocho me bañaba y me iba a trabajar.

 

Más adelante volverá sobre este relato y contará sobre la vez que vinieron a probar boxeadores para los jueves de aficionados en el Luna Park. Y dirá que él hizo dos rounds con cada uno de sus compañeros para que ellos se muestren, pero que al que se quisieron llevar con departamento y todo pago a Buenos Aires fue a él. Propuesta que rechazó.

 

Rolo tiene la piel cristalina, con suaves arrugas, lleva una barba blanquísima y una gorra tipo visera a cuadrille levemente inclinada hacia la izquierda, que cada tanto reubicará en un gesto reflejo.  Los ojos son grises y de agua, aunque tal vez tuvieron otro color. Cuando veo sus hombros rectos y firmes, sus manos grandes, llenas de ademanes, no me cuesta imaginar un boxeador hábil, inquieto y técnico. Otra vez caigo en su encanto y me olvido que vine a conocer sobre el arte del cuchillo, pero a quién le importa me digo mientras me empuja la vida de un hombre que atravesó el siglo XX.

 

Los cuchillos y la mitad de la vida

—Mirá lo que hacía mi abuelo —empuña un cuchillo largo tipo facón, señala el primer tercio de la hoja empezando desde la punta y dice —de acá hasta acá, se usaba para afeitarse. Esta parte— marca el tercio central— se usaba para comer, y esta —el tercio pegado al cabo— era para cortar los alambres— deja un micro silencio para que comprenda la información e insiste —esta parte una navaja, esta otra normal, y esta para el alambre. Todo lo aprendí de él, aunque algunas cosas experimente y también hice cada pavada.

La mitad de mi vida son los cuchillos, acá en Tapalqué me sirvió muchísimo

 

Lo dice sin decirlo: que un cuchillo no es solo un cuchillo. Que en el filo hay memoria, y que en este país esa memoria viene de la tierra, de la sangre seca, la carne y el cuero. Que los objetos, a veces, saben más de nosotros que nosotros mismos.

El cuchillo ha sido una extensión del gaucho, un instrumento multifunción: arma temeraria, herramienta de trabajo, y prenda para presumir.

Desde los primeros gauchos libres hasta en los paisanos de hoy, el cuchillo siempre ha estado en la cintura, al alcance de la mano, listo para cualquier tarea.

Según estudios sobre la historia del cuchillo criollo, ya en el siglo XVIII los cuchillos del gaucho eran reciclados de espadas y sables, forjados por manos artesanas. Durante la colonia también se importaban de Europa, pero el formato que hoy conocemos como “criollo” —grande, resistente y preparado para todo— fue el fruto de siglos de adaptación y necesidad. Tanto fue así que, hacia 1860, las fábricas europeas adoptaron ese diseño consolidado para exportarlo de vuelta a estas tierras.

 

—Mi abuelo hacía de todo, pero cuchillos hacia sólo cuando le pedían. Yo en cambio tenía locura por los cuchillos. Cuando tenía cerca de trece años empecé a hacer algunos. Se los mostraba a mi abuelo y él me miraba así, de acá —dice retirando la cara medio de perfil en un gesto distante— y me decía: “¿Y esta porquería le vas a mostrar a la gente vos?

 

***

 

Luego de recordar con cariño a su abuelo y sus inicios, Rolo empieza a hablarme de la otra mitad de su vida: la más ligada al trabajo formal, donde destacó por su habilidad para la contaduría y la venta.

 

— A Tapalqué vine encargado de una sucursal de ropa de azul, allá en lo de Berastain. Ahora hay un negocio con cosas modernas.

 

En cada anécdota que cuenta, aparece su compañera de toda la vida, Blanca, que tiene 93 años. También nombra con frecuencia a sus hijos, Jimi y Silvia, y a su nieto. Por una cosa o por otra, siempre vuelve a la familia y a los amigos, aunque muchos ya no están.

En un momento, dice con tono reflexivo:

 

—Uno, muchos años no puede vivir, porque te quedás sin amigos… es jodido, es jodido. Yo porque estoy al pelo ¡bah! al pelo para los 90. Cuando tenía veinti... pico, ¡qué! Es jodido vivir mucho, te vas quedando solo.

 

Debido a un problema de salud de Blanca, hace un tiempo se mudaron a la casa de su hija. En la vivienda de atrás del local solo quedó el gato. Por momentos nos oye y maúlla exageradamente fuerte. Rolo, más tarde, le repondrá el agua y el alimento. Para tener un poco de su casa con ellos, se llevaron algunos muebles. Lo demás quedó ahí.

El taller de Rolo está prácticamente abandonado. El local donde vende los cuchillos también ha sufrido un revuelo de objetos que hace casi imposible habitarlo. No está abierto al público: hay un cartel con su número para consultas.

Él no se detiene en la queja. Solo en dos oportunidades dirá: “Acá quedó todo un despelote” o “hay quilombo por todos lados”. Pero Rolo no parece de esas personas que se va a quedar en lamentos.

Cuando habla de su vida, lo hace con pasión, agradeciendo todo lo que consiguió y en cierto modo, culpando también a la suerte.

 

—Ahora estoy usando la cama de cuando era chico. Cuando era chico nunca subí del costado, subía de atrás, me sacaba la ropa y ¡fiu! saltaba. El otro día la miraba y pensaba ahora llego hasta la cama caminando despacito nomas, que lo pario— dice entre risas y sigue— saltaba los alambrados, las tranqueras.

 

***

Sobre casi todo hay detalles; sobre los cuchillos en cambio, solo pinceladas, puntazos precisos:

Aprendió de su abuelo. Los hacía para él o para regalar. En los noventa, se presentó en un concurso en Azul y ganó. Y después ganó en Cosquín.

 

— Noventa y pico, no me acuerdo mucho, tengo la cabeza para separar las orejas nomás —dice entre risas.

 

Luego continúa:

— Fui a Azul y gané, fui a Cosquín y gané. Acá me esperaban con asado todo. Gané mejor cuchillo. Intervenían los cuchilleros con puntaje. Yo nunca pagué un centavo en Cosquín. Tenía stand y alojamiento, me daban generalmente una casa. Hacía demostraciones, me daban una fragua, llevaba herramientas portátiles. Yo no cobraba, el que quería miraba.

 

Se refiere al prestigioso concurso de artesanías de la ciudad de Cosquín, Córdoba, que acompaña al famoso festival de danza y folclore.

 

 

Tres veces Rolo

La ciudad de Cosquín está ubicada a 720 metros sobre el nivel del mar, y en enero de 2002 la temperatura trepaba los 41 grados. Rolo y Blanca buscan en la plaza San Martín un poco de aire que se mueva para oxigenarse y salir del sopor que los envuelve. Mientras descansan sentados en un banco, Rebeca —su perra, una dóberman enana— anda suelta, corre, olfatea y repiquetea con sus uñitas sobre las “baldosas vainilla” de la plaza. Del otro lado, un grupo de artesanos que también anda boqueando por el calor ve a la mascota, y Rolo escucha que uno dice: “Debe haber venido Rolo porque anda Rebeca suelta.”

Esa misma noche, con Blanca a su lado y Rebeca en brazos, sentados en la última fila de un teatro repleto, escucha nuevamente su nombre en tres oportunidades. “Primer premio en la categoría cuchillos: Rodolfo ‘Rolo’ Palle.” “Primer premio en la categoría metales: Rolo Palle.” Después de recibir ambos galardones, Blanca le sugiere que mejor se vayan, no sea cosa que a alguien le moleste que la perra esté adentro. Pero Rolo prefiere esperar, por si el premio más importante, que incluye todas las categorías a nivel latinoamericano, le toca a alguno de sus amigos artesanos.

Esperan el largo discurso del presentador, que finalmente suelta prenda y pronuncia su nombre por tercera vez. Rolo no da crédito a sus oídos; al principio piensa que el presentador está repitiendo los premios anteriores. Un amigo y artesano va a entregarle el reconocimiento, pero él sigue sin entender. Recién espabila cuando su amigo le grita: “¡¿Qué querés, que te lo lleve hasta la butaca el premio?!”

El galardón, además del prestigio, incluía veinte días todo incluido con stand gratuito, más presentaciones y demostraciones a cobrar aparte en México. Era el sueño de cualquier artesano, un reconocimiento sin fronteras que podía cambiar su trabajo y su vida. Pero él lo dejó pasar. Alegó un problema familiar para rechazar el premio.

La verdad era otra: Blanca sufría terror a volar en avión, y para Rolo nada valía más que compartir ese momento con ella.

 

Grandeza de los oficios

Takumi significa “artesano” en japonés, pero este concepto va más allá de su significado literal. Takumi es la búsqueda de la excelencia. El maestro takumi consagra su vida a perfeccionar la técnica y a comprender minuciosamente los matices de su oficio, con el objetivo de acercarse lo más posible a la perfección.

Aunque esta definición podría parecer escrita para Rolo, me atrevo a pensar que en su trabajo hay algo más: una búsqueda de la novedad creativa que, sin romper con la tradición,  se aleja de la producción en serie.

El escritor y antropólogo Adolfo Colombres sostiene que cuando una pieza nace de ese cruce —entre la técnica y la necesidad de decir algo propio—, entonces ya no es solo artesanía, sino arte popular. Quizás sin proponérselo, Rolo habita ese territorio.

Porque si solo de manualidad artesanal se tratara, no se explicaría cómo Rolo puede pasar meses con una pieza, intentando resolver una idea, luchando con los posibles caminos a seguir, buscando que realmente valga la pena traer un nuevo objeto al mundo.

Y no se explicaría cómo esa idea, esa solución, esa respuesta que no es simplemente técnica, sino algo más profundo, íntimo y visceral, llega cuando sus manos ya están lejos del taller, en ese estado entre el sueño y la vigilia que los artistas dicen transitar.

Tal vez por eso, quien tenga un ‘Rolo’ es poseedor de un tesoro, de una pieza única hecha para atravesar los tiempos por filo y por belleza.

 

***

 

Ahora Rolo vuelve al ejemplo del cuchillo irrompible que me mostro al inicio de la charla. Dice que esos cuchillos valían cualquier plata porque se usaban para apostar. Dice que se los hacían fabricar medios fuleros, así no nomás, sin terminar; para engañar al que venía a presumir un cuchillo de oro y plata con hoja importada.

La apuesta simplemente consistía en cortar en un intento el cuchillo del rival.

 

—Entonces el tipo decía “a esa porquería te la hago mierda con este todo fulero, ¿cuánto jugamos?”- —e insiste —con uno de estos cuchillos le cortabas la hoja, sin importar si era Arbolito, Muela o Solingen: cualquier marca, daba igual. Porque el fabricante industrial no puede perder tiempo para fabricarlos. El temple es clave —dice, en tono de maestro—. Al principio, agua con sal; luego hielo seco. Hay otros métodos, pero no dan buen filo. No sirve ni para pelar papas —remata, riendo.

 

Ese consejo de cuchillero es todo lo que dirá sobre el oficio que supo transitar a la perfección. Si había secretos, se los quedó él. No los transmitió a nadie de su familia, y los cuatro o cinco que intentaron aprender con él no pasaron de ayudantes. Dice que no tiene tiempo para enseñar a gente que está “en otra”, que se distrae mirando el celular o una mosca que pasa. Que eso, con las herramientas que usan, es un peligro.

 

Entre el arte y la obstinación

En 2004, una nota del diario Página 12 titulada “Tejidos y metales”, dedicada a la Feria de Artesanías de Cosquín, así retrataba a Rolo:

“Rodolfo Palle, relata con pasión la forma en que convierte distintos objetos de acero en hermosos cuchillos y facas.  (…) Dice que si tuviera que vivir de esto tendría que cambiar su forma de trabajo y comprar las planchas de acero prefabricadas. Pero eso no es lo suyo, y con su forma de trabajo se da el gusto, aunque sus amigos le digan que está un poco loco.”

 

Para entonces, Rolo ya era reconocido, y su nombre se había convertido en sinónimo de gran campeón entre los artesanos. Veinte años después, esa descripción no ha envejecido. Siguen vigentes la pasión, la paciencia obstinada, la fidelidad al trabajo de fragua. Y también la certeza de que lo suyo no es repetir, sino transformar. Que más que vender, prefiere hacer a su modo. Aunque no sea rentable. Aunque le digan que está un poco loco. Porque en esa locura suya hay también una forma de decir: que el tiempo vale, que la materia tiene memoria, que la creación no siempre obedece al dinero. Porque en esa locura hay algo de belleza. Y también de resistencia.

 

Sueñan los cuchillos

Suena el teléfono. Atiende: es su hija, que lo necesita en su casa. La charla debe llegar a su fin, aunque Rolo quiere seguir. Me muestra y describe una colección de herramientas antiguas que tiene en la vidriera del local. Cada objeto que toca tiene una historia, y él la sabe contar.

Mientras nos despedimos, me quedo mirando los cuchillos una vez más. La luz de la vidriera se astilla en los filos, y cada hoja, con su firma grabada, parece esperar algo.

Uno piensa tantas cosas cuando ve un cuchillo bien hecho: no por lo que brilla, sino por su destino, por lo que puede herir.

Y me pregunto: ¿acaso soñará con duelos o con apuestas el acero? ¿Buscará abrigo en el campo, la tierra y el gauchaje? ¿Todos deberían ser empuñados, o alguno merece quedar ahí, brillando como recuerdo?

No lo sé. Pero estoy seguro de algo: ninguno debería ir a parar al cajón del olvido.

 

Afuera, una llovizna suave viste la noche y también reparte brillos, como si continuara la charla.

 


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