Cronica- Yoana Donatti: Zumba, la hora feliz
Afuera es el mes de los vientos. Es de noche. Afuera el pueblo se mueve animado por los últimos mandados del día. Pero podría ser que ese pueblo ya no esté, que el mundo hubiese desaparecido, que hubiera ruinas e intemperie al otro lado de la puerta. Y nada de eso cambiaría lo que sucede en el salón principal de la Sociedad Italiana de Tapalqué este jueves a las 19:30.
Ahí, veinte mujeres arden en una burbuja de energía que crece al ritmo de cumbias, bachatas, reguetones y arengas tribales. Esa energía brota del carisma de Yoana Donatti, que sobre el escenario al fondo del salón despliega su clase de zumba. O mejor dicho: allí se manifiesta su alter ego, que carece de nombre y es, en realidad, una hechicera, una ninfa o un tsunami.
Yoana Donatti nació en Tapalqué, tiene 34 años, es profesora de educación física, y mientras estaba terminando de cursar la carrera, hace trece años, se encontró con que el ejercicio físico combinado con el baile, cuando está bien hecho, es un maridaje explosivo.
Vivió en Olavarría los cuatro años que duró la carrera. Ni bien terminó volvió al pueblo con la loca idea de dar clases de ritmos latinos. Al poco tiempo conoció Zumba, donde se pueden bailar esas mismas canciones, pero sin la estructura que indican los pasos de cada danza en particular. Son coreografías siempre grupales donde se prioriza lo aeróbico y lo expresivo.
Desde ese momento no lo pudo soltar.
Todo esto me lo cuenta sentada en el comedor de su casa. Es viernes y feriado, su día de descanso, pero sigue vestida con ropa deportiva. Impecable. Lleva el pelo, con reflejos rubios, recogido en una media cola. Cuando habla casi no hace gestos, apenas algún movimiento con las manos cuando quiere adornar una idea. En su voz me parece oír el timbre de las profes de educación física. Quizás un tono forjado en la exigencia, aunque no estoy seguro.
Dice que hablar no es su fuerte. Elige las palabras buscando precisión, nada de lo que diga ese día será al azar. Todo viene de años de experiencia.
—Empecé a conocer esas disciplinas porque estaba en otra ciudad. Había colegas en Olavarría que ya lo estaban incorporando. Mientras estaba en el profesorado di clases de musculación en un gimnasio, y ahí conocí zumba. Cuando empecé con ritmos latinos acá, pegó. Vinieron un montón de mujeres. Era algo innovador y vinieron a ver de qué se trataba.
Hizo algo de difusión en la radio y confió en el “boca en boca”, pero suele decir que “se tiró a la pileta”. Desconfiaba de tener éxito, no solo porque era una profe nueva, sino porque temía que el pueblo tuviera sus prejuicios.
Le pregunto sobre eso y responde sin rodeos:
—Es un límite que se pone uno. El baile es la expresión del cuerpo. Entonces primero está ese tema, casi un tabú, de que el otro me está mirando. Pero en realidad es todo lo contrario: es ir y olvidarse del resto. Somos todas mujeres grandes, además; quizás eso te puede pasar en la adolescencia. Pero ahora vas, te distraés, te movés, te reís, te divertís. Y además estás haciendo algo para cuidar tu salud.
Hoy la zumba es un fenómeno mundial y se calcula que todos los días lo practican quince millones de personas en al menos 180 países. Es una disciplina relativamente nueva y su mito de origen dice que fue inventada por casualidad.
En los años 90, el colombiano Alberto “Beto” Pérez daba clases de aeróbic con música de Madonna y Michael Jackson, hasta que un día olvidó el casette. En su auto encontró otro, con ritmos de salsa, rumba y merengue grabados de la radio, e improvisó pasos sobre la marcha. Las alumnas quedaron fascinadas y Beto Pérez inventó sin saberlo algo que de tan obvio nadie lo había visto. Solo faltaba ponerle un nombre.
El éxito creció rápido y alcanzó otra escala cuando Shakira lo convocó para crear coreografías de sus videoclips. En 2001 Pérez se mudó a Miami y desde entonces la disciplina no dejó de expandirse.
En el escenario hay un banner de zumba. Pero para mi sorpresa no muestra cuerpos en bailando sino a los minions, esas criaturas amarillas que visten un overol de jean azul y parecen ser lo opuesto a la gracia del movimiento. Aunque en simpatía y trabajo en equipo, nadie les gana, pienso.
Las alumnas van llegando y algunas charlan en ronda. Yoana no pierde tiempo: enciende los aires acondicionados y el resto de las luces que habían quedado apagadas por la clase de yoga que terminó hace unos minutos. Prepara el parlante con la música y coloca una esfera que dispara rayos rojos y verdes hacia el escenario.
Suena la primera canción: un éxito de la década del noventa, pero en una versión remixada. Recién la identifico cuando llega al estribillo: “Eres azúcar amargo. Un ángel y un diablo. Maldito embustero” ...
En la actualidad da cuatro clases semanales y dice que no lo vive como un trabajo rutinario, y afirma, al igual que sus alumnas, que es una especie de terapia. No hay problema que resista una hora de baile.
—Es imposible no reírte en una clase. Y aparte nos vamos conociendo a través del baile. El cuerpo se deja llevar por la música. Algunas se sorprenden del paso que están haciendo. Que capaz nunca antes lo habían hecho.
Unas pocas entran tarde, pero apenas pisan el salón se suman a la coreografía y entran en ritmo al vuelo; Yoana, sin dejar de bailar las saluda desde el escenario.
Es una canción para entrar en calor, soltarse y sacudirse para que no se cruce ningún pensamiento ajeno. A partir de ese momento y durante una hora esas mujeres dejarán de ser “la maestra”, “la madre de”, “la ama de casa”, “la doctora”. Enseguida comprendo que lo que estoy viendo no es solo una clase. Es un artilugio que Yoana pone a andar para evitar, como dice un poeta: ...” ¡Un último secuestro! el de tu estado de ánimo.” ...
Al finalizar el primer tema se saca la campera y se la ata en la cintura. Riendo pide un aplauso porque ya está la clase completa. “Estamos bien” pregunta, “tomaste un matecito o no llegaste hoy”.
Ahora suena una versión remix de “Lamento boliviano” y Yoana arenga: “más, más, un poquito más” y les hace un gesto con la mano. No cuenta los pasos, las invita a que se dejen llevar por la música.
Se mueve con una seguridad apabullante, con una gracia sutil y poderosa al mismo tiempo. Da la sensación de que si ella se detiene algo se rompe.
Y por supuesto está su sonrisa: imposible de ignorar. Luminosa, tenaz. Se ofrece como un oasis, como una promesa de que el esfuerzo vale la pena, de que el disfrute está ahí nomás, al alcance del cuerpo. Un hechizo silencioso de persuasión masiva.
Cuándo estas arriba del escenario da la sensación de que estás dando un show, ¿no?
—Si, si —dice riéndose— eso es verdad… A mí me cuesta verlo desde el otro lado. Porque yo ya estoy muy acostumbrada.
Pero la explicación que sigue en realidad tiene que ver con una solución práctica más que estética. Simplemente necesita que sus alumnas la vean de cuerpo entero.
—No pueden verte de la rodilla para arriba, hay movimientos que no se interpretan. Es una hora que tienen que sacarle todo el provecho. No se pueden quedar con que no vieron el paso y no lo pueden hacer. En eso soy bastante exigente conmigo, trato de darles lo mejor. Me gusta que la visión de ellas sea completa. Y acá donde estoy ahora da la casualidad de que el escenario es gigante.
El escenario tiene su propia iluminación cenital. A veces, el azar la envuelve en un cono de luz. En esos instantes, más que una profe de zumba, parece una estrella pop. Y cuesta no imaginar que todas, ahí delante, sin poder quitarle la vista, cautivas, sientan el magnetismo que emana del escenario.
El rechinar de las zapatillas sobre el piso pulido del salón me trae de regreso a la clase. Me pregunto si no estaré exagerando, si acaso seré yo quien ve magia donde no la hay. “Voy a charlar con sus alumnas”, me digo, como quien pretende objetividad.
Al final de la clase Romina, una alumna que la sigue desde sus inicios, dirá sin vueltas y sin que se lo pregunte puntualmente:
—La clase es así por el carisma de ella. Se disfruta por cómo es ella. Puede haber excelentes bailarines, pero no transmiten lo que transmite ella. Nosotras hemos ido a máster en otras ciudades, y no hay como ella. Ella contagia.
Milena dice:
—Empecé en el 2013 y me enganché. Me hace bien. A todas nos hace bien; a muchas nos ha ayudado no solo físicamente, sino también psicológicamente, que es un poco lo que hace el baile. Y con el tiempo te vas metiendo. Obviamente, cuando empecé, no enganchaba un paso. También hacemos cosas juntas: cenamos, viajamos, siempre para divertirnos, y que nos sume ese granito de alegría que a veces falta en el día. Por ahí entras bajo de ánimo y salís con un ánimo totalmente diferente. Y eso, además de que lo genera la zumba, lo genera Yoana, que es genial. Es una profesional excelente y excelente compañera también.
Norma:
—Hace muy poco que vine. Cuando me jubile, tengo 60 años. Vine con mi hija; ella hace doce años que viene. Y el primer día, super perdida, pero fue una experiencia hermosa. Y Yoana… no hay como ella. Yo la amo.
Porque a veces uno viene con un problema, soy mamá, soy ama de casa… todo el mundo viene con la cabeza desde la casa y te olvidas de todo. Yo digo que es la hora feliz.
La clase de zumba que propone Yoana es abierta a todas las edades, aunque la mayoría de sus alumnas tienen entre 30 y 60 años. Tampoco hay limitantes de género, pero en la práctica son todas mujeres.
—Años atrás han participado uno o dos varones. Nunca hice una propuesta exclusiva para hombres, pero el baile no sería tan distinto. Tal vez el tema de la vergüenza pese más cuando viene un hombre a participar. Pero son límites que hay que romper, porque en otras ciudades no pasa. Incluso, en muchos lugares, el instructor es un varón. Es también cambiar esa manera de pensar y decir: “es para todos”.
Cuando suena un tema que pide “la mano derecha en la cabeza, la otra mano en el ombliguito”, juega con su remera entre pícara y sensual. En otro momento indica un paso nuevo: “Pisada adelante, fuerte. Vuelvo con la cadera, me quedo. ¿Vamos, bailamos?”, y todas se zambullen en la canción.
En una pausa, provoca: “¿Se quieren ir?”. El “¡no!” rotundo del grupo la empuja a más. “Con esta bachata la rompemos”, anuncia, y enseguida agrega: “Vamos que estamos casi en septiembre, y primavera es reinado”. Cada año, como parte de un juego que las divierte, eligen a la reina de la primavera entre las alumnas.
Las canciones y los gritos se suceden. La clase no se detiene. El ritmo alterna entre momentos intensos y otros que permiten recuperar aire y seguir. Así, la hora vuela. A veces, incluso, las alumnas se quedan con ganas y le piden “otra” a coro, de nuevo como a una artista en el escenario.
Yoana se divierte junto a sus alumnas. Es metódica y fresca al mismo tiempo. Es profesional y amorosa, y además asume el compromiso de la pasión. Eso es una aguja en un pajar.
—Yo no me considero bailarina, pero sí una instructora con esa capacidad para darle ganas al otro: para que entre a la clase y se ponga a bailar. Eso es un montón. Para mí eso es montonazo —dice, repitiendo la palabra con énfasis, y agrega—: Incluso la sonrisa que uno transmite les cambia la manera de mirar a la gente. Transmitís un montón.
Escuchándola me queda claro que no se trata de azar. Yoana sabe que su carisma es especial, pero también que eso forma parte de ser profesional: estar pendiente del detalle, buscar la excelencia, brindarse entera a la clase, al disfrute de sus alumnas que, en definitiva, es el suyo también. De todas maneras, le pregunto, para escucharlo en sus propias palabras.
—El carisma es todo. Eso no se estudia. No hay manera de fingir lo que no podés hacer. Bueno… por ahí me lo ha dado la experiencia. Tal vez sea eso. Yo también soy muy observadora. O sea, reconozco que a cada una le cuesta organizar su día y poder decir: “esta hora me la tomo para mí”. Entonces sé que si llegan a la clase, tiene que tener un sentido importante. Me gusta valorar eso. Y si quizás no están con la misma pila que la otra vez, igual busco transmitirles las ganas.
Principalmente vienen porque les gusta bailar. Pero también, hoy, con cómo está la situación, muchas vienen buscando una especie de terapia para salir de la rutina. Y eso se consigue con una clase alegre, más que exigente. La exigencia en mi clase no existe: es hacerlo con ganas y energía.
Cada una encuentra lo que quiere llevarse a su casa.
Pasarla bien es lo que se busca.
Yo también lo busco.
Persistir en lo que nos hace bien.

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